Los juguetes de mamá

Sí, lo confieso, desde niña tengo síndrome de diógenes... Bueno, por lo menos uno de esos que me impide deshacerme de las cosas que en algún momento me importaron por pequeñas que sean. ¡Imaginaros qué sucede con los juguetes!

Desde que tengo uso de razón he acumulado tooooodos mis juguetes, por lo menos eso es lo que creo. Tal vez mi madre haciendo limpieza en algún momento hizo desaparecer el cuento destrozado que no me cansaba de leer o el vestido de la muñeca que ya era imposible lavar o... Lo cierto es que si lo hizo no soy consciente.

De lo que sí lo he sido es del momento en que decidí que los peluches encima de la cama y de los armarios ya no tenían sentido, bueno, eso o que si no los quitaba no podría guardar absolutamente nada más. En aquella época, una hermana de mi padre se mudó a una casa grande y me ofreció su fallado (que es muy gallego y me encanta, y para quien nos lea desde fuera diré que es un trastero en la parte de arriba de la casa, el desván) para guardar algunas cajas. ¡Aquello era perfecto! No tendría que tirar nada y me permitiría hacer sitio.

Pasaron los años y no pensé en esas cajas hasta que me quedé embarazada. Por una u otra cosa no fue hasta el mes pasado que hicimos una visita a la familia y mis tesoros volvieron a casa.

Fue muy emocionante abrir los cofres. De cartón y pegados con cinta pero perfectos para mi. No sabía por dónde empezar y lo hice por las cajas mas ligeras. La primera estaba llena de peluches. Algunos no sobrevivieron a la oscuridad de estos años pero en el medio me hizo muchísiisisma ilusión encontrarme una foca preciosa y blanca que sabía que a Olivia le iba a encantar (casi la primera canción que aprendió en el cole fue la de la foca Marisol!)

Me encontre con toooodas mis barriguitas: los bebés de todas las etnias, los enanitos del bosque, los estudiantes... y con todos sus accesorios: balancines, mesas, sillas, pupitres, armarios... y hasta un wc para el baño! Pero también estaban Pi y Pa con sus casitas, la plancha que calentaba de verdad, la cafetera para cafés de tierra (madre mía cuántos habré hecho) los nenucos... De momento están todos en casa de la abuela, que los está lavando con mucho mimo mientras me informa de que ni uno de los vestidos ha desteñido porque antes hasta la ropa de los muñecos se hacía de telas buenas. ¡Por cierto! También nos han sorprendido los rasgos anatómicos de las muñecas, con los genitales perfectamente definidos, cosa que con las que Olivia tiene por el momento no sucede.

Os diré que todo me hizo muchísima ilusión y me cayó alguna que otra lágrima, pero mi mayor sorpresa fue con algo que ahora se está reeditando, con dibujos animados incluídos: mi pequeño pony. Era azul, con un helado y las crines rosas y, cuando lo encontré en medio de las demás cosas y lo olí... ¡increíble! ¡huele como el primer día! ¿Cómo es posible? 

Todas estas cosas, al final, hace que vuelva a pensamientos de hace un tiempo, cuando valoraba si como mamá elijo los juguetes en función de lo que siempre me ha gustado, o si es realmente el gusto de Olivia, sus preferencias, las que van marcando las compras. Muchas veces hablamos Toni y yo de esto, y es cierto que con lo que a nosotros nos gustaba jugar no tiene por qué ser lo que a ella le guste para jugar. Pero guardaba mis juguetes siempre pensaba: si algún día tengo una hija seguro que le gustará jugar con esto, y con esa excusa los atesoré durante años.

Al releer me estoy acordando del día en que supimos que tendríamos una niña. Nos pusimos contentísimos (confieso que lo preferíamos) pero hubo un momento en que Toni pensó en alto: ¿Y qué voy a hacer con mis cómics de superhéroes? jaja!!! Sí, lo sabemos, Olivia puede leerlos pero son tontunas de casipadresmadres novatos que se pasan por la cabeza.

Con esto de los juguetes, ¿creeis que nos realizamos a través de nuestr@s hij@s?

p.

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