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Tecnología con tres años?

Muchas veces he comentado con amigas mamás (y no mamás, y papás y no papás) nuestras ideas o presentimientos en relación al acceso a las nuevas tecnologías de nuestra pequeña. Con esto incluyo el mundo tablets, consolas, robots y demás artilugios que funcionan con unos botones. Quienes me conocéis sabéis que siempre me han gustado los aparatos, que tenemos alguna que otra consola en casa, y que las tics (Tecnologías de la Información y la Comunicación), aplicadas o no a la enseñanza, son una de mis debilidades. Últimamente, debido a mi trabajo de profe, estoy haciendo mucha formación al respecto, y me rondan muchas ideas por la cabeza.

 Si echo la vista atrás, recuerdo que tuve mi primera maquinita cuando era muy pequeña. Era una de esas que traía solamente un juego, una versión previa a la game-boy. Era roja y tenía que pasar fases saltando plataformas y recogiendo recompensas. Unas cuantas maquinitas después tuvimos nuestra primera consola. Más bien mi hermano. Su padrino, que trabajaba en Holanda, se la regaló unas navidades. Era uno de esos modelos que tenían unos cartuchos que se insertaban verticalmente. Recuerdo pasar muchas horas jugando al Pacman.

Pero mi relación "seria" con el mundo de la informática comenzó en el colegio gracias a unas clases extraescolares a las que me apunté por las tardes. No recuerdo mi edad exacta, estaba, creo, en 6º o 7º de EGB. Un par de veces por semana venían dos profes de una academia de Pontevedra a nuestro cole. Esperábamos impacientes la llegada de su coche, que aparcaban delante de la puerta para que pudiésemos descargar los equipos de su maletero. ¡Y no eran portátiles extraplanos precisamente! Tenían unos pequeños monitores y un teclado que incorporaba un espacio para meter una especie de cintas de casette. Eso sí, lo que hacíamos con ellos distaba mucho de jugar. Utilizábamos ordenadores unicamente en la mitad de las clases, porque el resto del tiempo lo dedicábamos a estudiar programación en pequeñas dosis. En concreto con el lenguaje BASIC, con el que hacíamos programillas que una vez tecleados resolvían operaciones aritméticas básicas o hacían que se moviese una pelota por la pantalla. Recuerdo perfectamente aquellos diagramas en los que conectábamos formas que luego traducíamos a textos que empezaban con múltiplos de 10 en cada línea, y la satisfacción que me producía que aquello funcionase.

Después de aquellas clases de informática tuvimos nuestro primer ordenador: un 286N con pantalla negra y letras verdes.

En mi nueva formación aprendo cosas parecidas aunque mucho más aparentes. Entornos sencillos como Scratch (tan sencillos que se pueden comenzar a utilizar en Educación Primaria) pero que me producen la misma satisfacción si consigo que todo funcione como quiero.

Hace un mes asistí a unas jornadas sobre fomento de las vocaciones STEAM (os hablaré de esto en otra ocasión , pero las siglas vienen de: Science, Technology, Engineering, Arts and Maths). Las organizaba la Fundación Telefónica en colaboración con el centro de profesores. El director del proyecto dijo algo que me está dando mucho que pensar, y es que en la empresa estiman que dentro de unos 20 años, el 80% de su plantilla se dedicará a realizar un trabajo que desconocen cuál es, y del que únicamente saben que estará vinculado con la tecnología, y que por eso tienen interés en la formación de profesionales en estas disciplinas científicas. (NOTA: confieso que he colado la A para sumarme a las reinvindicaciones de un colectivo que entiende que la ciencia sin arte, al menos como el mejor de los vehículos para transmitir conocimiento, no tiene sentido). Además, en esta y otras reuniones, se habla de la necesidad de integrar a las mujeres en las nuevas tecnologías y existen múltiples programas para chicas (como ITC GIRLS).

Y llegamos a Olivia.

No tenemos demasiado claro por dónde iremos. Estamos planteándonos comprarle su primer robot, relacionado con un crowfunding que nos han chivado y nos tiene enamorados. Sí, tiene tres anos, pero tal vez la clave está en encontrar la herramienta idónea (por supuesto la idónea para nosotros). Nos planteamos muchos dilemas: cómo puede ser que llevásemos meses intentando conseguir el arco iris Waldorf para su cumple y que ahora queramos comprar un robot. Es cierto que nos interesa porque tiene unos bloques básicos de programación que me recuerdan a mis clases de Basic. Es cierto que en la educación infantil hace ya unos años que existen experiencias con pequeños robots sencillos y que son muy exitosas todas ellas. Es cierto que lo avalan expertos en Método Montessori, por lo que es, a priori, una fusión interesante. Existe, también, el claro convencimiento en muchos sectores educativos de que la programación, sus usos y aplicaciones en el aula y fuera de ella, colaboran en la formación del pensamiento divergente, en la capacidad de buscar soluciones, de organizar pensamientos.  Empezaremos jugando, y, tal vez, en unos años programemoscódigo también jugando, y veremos dónde terminamos.

Cuando compramos el carrito para transportar a la pequeña, nuestra marca tenía una colaboración con la Andy Warhol Foundation for the Visual Arts para sacar colecciones de accesorios con los dibujos del artista que siempre me ha tenido loca. Además de comprarnos una sombrilla floreada preciosa, nos descargamos una aplicación para la tablet que consiste en animaciones básicas de los dibujos con las que interactúas con tus manos. Ayer dijo Olivia: Mamá, ¿puedo jugar a las estrellas? (llama así a la aplicación porque en una de las pantallas tienes que explotar estrellas como fuegos artificiales). Es la primera con la que jugó. Ahora resuelve algunas de puzles, de colorear, el alfabeto... No le dedica mucho tiempo, la verdad es que solo nos la pide en momentos en los que está aburrida y ve la tablet delante. No nos preocupa que la utilice aunque pensemos en ello.

No sabemos si tiene sentido resistirse o no. Como docente creo en la educación y no en la prohibición. Creo en la necesidad de educar a nuestro alumnado, a nuestras y nuestros hijas e hijos en un uso responsable. Me gustaría que las competencias en este terreno, el de la tecnología, nunca supongan una barrera para Olivia. Sí, es cierto, puede crecer sin programar un robot con tres años, pero... ¿hay algún problema si lo hace?

Os seguimos contando pronto.

p.

1 comentario

  • Sandra
    Sandra, 19 Mayo, 2016 04:05 Enlace al Comentario

    Hola! Me encanta vuestro blog y me ha parecido muy interesante esta entrada. Me preguntaba si podrías recomendarme alguna aplicación específica para una niña de 2 años y medio (la que comentas de Warhol parece muy chula). Además estoy interesada en saber algo más del crowfunding que mencionas...MUCHAS GRACIAS!

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